SECCIONES

19 sept 2011

EL FUEGO NO CESA

Describir el aliento de azufre de ese inmenso dragón envuelto en las llamas provenientes de su corazón, no queda más que el desperdicio del alma humana en cada parpadeante ojo que explota sin razón alguna. Aparentemente, los pequeños rasgos de una transición del frio al calor nos hacen experimentar sueños profundos de amargura eterna, con cada sorbo de cerveza nos damos cuenta de ello; entre más tiempo pasa, más la cerveza se calienta y nos inunda una terrible desesperación irreconocible pero que sale desde el mismo corazón de donde el dragón saca su explosiva emotividad en forma de llamas hirvientes. Tal vez ese sea el desahogo a nuestra irremediable angustia que nos inunda día a día al sorber la cerveza cada vez más caliente, el pan cada vez más duro, el queso cada vez más rancio. A los ojos de una fogata escupida por el dragón, nuestros esfuerzos no valen de nada en la vida.
Dónde queda la pureza del ser mío, dónde queda la vasta inmensidad de las llanuras verdes cuando el dragón simplemente acude a sus entrañas para quemarlo todo a su paso. No existe pues, tal cosa que llaman arrepentimiento ni sentimiento de culpa. El dragón, representando a la vida misma que se posa y nos llena de dificultades el camino, de hendiduras y de quemaduras internas nuestro propio razonamiento ni se mosquea por hacerlo, por hacernos sufrir; Oh Dios mío, hacernos sufrir.
Con cada acercamiento a la verdad las quemaduras se hacen más intensas, el fuerte calor irradiado por el dragón no nos deja acercarnos a ella, a la verdad. Jamás el tiempo se hubiese detenido sin mirarnos nuevamente y preguntarnos a dónde íbamos; por fortuna lo hizo y hoy en día, aunque tratemos de acercarnos al infierno ardiente no sentimos el calor, no nos quemamos, tan solo sentimos eso, un sentimiento de culpa por tratar y no poder. ¡¡¡Valla!!! Sí existe tal cosa, sí existe el arrepentimiento. Lo lastimoso será entonces el no intentarlo, el inevitable paso el tiempo que nos hace incluso cada vez más ardua la labor, como si no fuera solo un dragón sino miles de dragones regodeándose y viendo al hombre zarpar en un viaje de roca fundida y de lava incandescente a su inevitable destino: el quemarse finalmente en su propia mente e ideales.

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