SECCIONES

18 sept 2011

LA VIDA DEL INSIGNIFICANTE SER

Salgo caminando como de costumbre de la casa al parque, del parque a la casa. Qué gran infinidad de cosas logro apreciar en el camino. Qué desgracias tan inmensas encuentro en el camino. Mi departamento, al cual llamo casa por costumbre aunque de casa tenga poco, es un cuarto oscuro, pintado de azul oscuro, con un sofá color café oscuro, una pequeña y oxidada cocineta con una sartén tal vez algo infectada debido a su mal uso y a la falta de agua que ha tenido en bastante tiempo, un baño en el cual paso la mayoría del tiempo leyendo, fumando y considerándome un insecto urbano más de una sociedad plagada de insecticida. También, en la pared más amplia de la casa un cuadro, supongo que será de algún santo por la pose y los artefactos religiosos que en él encuentro como una biblia, una corona divina, el sujeto sentado sobre una pila de maderos cortados casi a la perfección para la hoguera encendida que representa el fondo del lienzo que me regaló mi madre el día antes de morir. Todo esto se encuentra refundido entre cientos de bolsas de basura que colecciono hasta que decido el momento preciso para sacarlas y que el joven muchacho que trabaja en la compañía de aseo de la ciudad las recoja. Valla muchacho si dista de ser interesante. Tiene una vida más aburrida que la mía con la única diferencia que él posee un trabajo; el vive entre basura, no posee amigo alguno y la vida no le sonrió igual que a mí. Sin embargo, a pesar de ser igual que yo, él es de las pocas personas en las cuales me intereso y baso mis pensamientos.
En fin, cuando no me encuentro sentado en el baño leyendo y considerándome una metamorfosis más como la planteaba Kafka salgo al parque, me siento en una banca frente al lago donde los patos y gansos se jactan de tener una vida menos miserable que la mía. Simplemente fumo y los observo reírse de mí. Qué descaro tan inmenso el de esos animales al creerse mejor que yo por alimentarse felices en su estanque durante todo el día. Veo a los niños encantados lanzando granos de maíz y de arroz, jugueteando, corriendo y algunos hasta mojándose en el agua putrefacta de aquel lago asqueroso y hediondo. Al otro lado veo a un indigente que en apariencia y por los trapos harapientos que lleva supongo que es más cercano a mí familiarmente que cualquier otra persona, pero también le veo una diferencia con mi persona, a él no le preocupa nada más que el pan o la limosna que le ofrezcan.
Si bien no me importa este tipo de gente, no soporto el ver a un niño cuando me mira desde el fin del mundo, cuando su mente y su corazón se hallan tan drogados que lo único que encuentro es desesperanza humana, casi irracional. Así es mi parque, un lugar armonioso, frío y repleto de bosques artificiales como de cuentos de hadas; algo irracional pero que existe en esta ciudad frívola y desalmada. Es casi como si hubiera un pedazo de paraíso en la tierra. Sin embargo encuentro fielmente, todos los días al niño drogado, al indigente, a los patos, a los pescados, a los niños jugando; toda una inmensidad de contrastes a los cuales no les veo ninguna explicación. Y sí, este parque representa al mundo, las cosas que veo en él representan al hombre en su esencia, en su máxima expresión. Despreocupados, alegres, tristes, personas que prefieren cambiar su relación con la realidad para encontrarse en un lugar mejor, menos egoísta y abrumador. ¿Y yo?, represento a aquel quejumbroso sujeto en cuya mente se forjan y se generan cosas, cual Dios creando al universo y al hombre. Entonces en mi condición de Dios decido en última instancia, mandar toda mi imaginación a volar, fumar, leer y observar a los patos y gansos burlarse de mí y disfrutarlo, así como disfruto del indigente, del muchacho que recoge las bolsas de basura, del niño drogado y de mi mismo, sin actuar, simplemente como sujeto pasivo que recibe información y olvidándose del sufrimiento. Así, en mi condición de Dios, considero a Dios como la imagen más vaga y perezosa creada por mí para hallarle una explicación a todo. No sé de matemáticas, no sé de leyes, no sé de física ni mucho menos de filosofía, pero no hay que saber de nada para ser considerado Dios y para actuar como ente pasivo en la actividad natural del hombre, o de la razón, o del instinto.
Cierro mi libro, termino mi cigarrillo y vuelvo del parque a mi casa, de la casa al parque y simplemente en mi condición de Dios, me siento en mi baño junto a las nubes con el Coronel Sanders a mi derecha arrojándome “popcorn chicken” a mi boca y encierro toda mi desesperanza en un bocado que disfruto al máximo. Claro, toda esta historia irreal y surreal a la vez la cuento desde la comodidad de mi cuarto no oscuro, en mi departamento  limpio y sin bolsas de basura, frente a mi televisor y con un “popcorn chicken” real a mi lado recordándome lo fácil que es volar la imaginación y lo lindo que es, desde mi posición al menos, jugar a ser Dios y desafiar las condiciones humanas, la injusticia, los problemas sociales, políticos, jurídicos, matemáticos, etc. y convertirlos en simples representaciones mentales con soluciones tan fáciles como cambiar de canal, o apagar la T.V. y que además sean de orden secundario en nuestra insignificante vida.

No hay comentarios:

Publicar un comentario